La cata

Adaptación del libro “La Cata” de Roald Dahl

Adaptación del libro “La Cata” de Roald Dahl, un magnífico relato gastronómico que nos mantiene en suspense… ¡El vino está servido! ¡Empieza la cata!

Éramos seis cenando esa noche en casa de Mike Schofield en Londres: Mike, su mujer e hija, mi mujer y yo, y un tipo llamado Richard Pratt.

Richard Pratt era un famoso gastrónomo. Presidía una pequeña sociedad conocida como «Los epicúreos», y todos los meses repartía entre sus miembros un panfleto sobre comida y vinos. Organizaba cenas en las cuales se servían platos suntuosos y vinos raros.

Yo había coincidido en casa de Mike con Richard Pratt dos veces anteriormente y en ambas ocasiones, Mike y su mujer se habían desvivido por preparar una comida especial para el famoso gourmet. Ésta, claramente, no iba a ser la excepción. Nada más entrar en el salón, vi que la mesa estaba dispuesta para un banquete. Los altos candelabros, las rosas amarillas, la numerosa vajilla de plata, las tres copas de vino para cada comensal, y sobre todo, los fluidos de carne asada provenientes de la cocina hicieron que mi boca empezara a salivar.

La cena comenzó con un plato de anguila ahumada, y, para acompañarlo un vino Ácrata Monastrell de la Bodega Kirios de Adrada. Mike se levantó y lo sirvió él mismo, y cuando volvió a sentarse, noté que había dejado la botella frente a mí para que pudiera leer la etiqueta. Se inclinó hacia mí y me dijo que este vino elaborado por la Bodega Kirios de Adrada provenía de un pueblecito español llamado Adrada de Haza de la región de Castilla y León, casi desconocido fuera de su provincia de Burgos. Me explicó que el vino que estábamos bebiendo era una rareza, que la producción de esos viñedos era tan pequeña que para un extranjero resultaba casi imposible hacerse con una botella. Él había ido personalmente a Adrada de Haza el verano pasado para conseguir las pocas docenas que finalmente le habían dejado llevarse.

—Dudo que lo tenga alguien más en esta comarca —dijo Mike, mirando de nuevo a Richard Pratt.

—Un vino espléndido, ¿no os parece? —dijo, sin apartar la vista de Richard Pratt.

Yo le veía echar un furtivo vistazo a la mesa cada vez que agachaba la cabeza para tomar un bocado de anguila. Casi podía sentirle esperar el momento en que Pratt catara el primer sorbo y levantara la vista del vaso con una sonrisa de placer, de asombro, quizá hasta de admiración, y entonces habría un debate y Mike le hablaría del pueblo de Adrada de Haza.

Pero Richard Pratt no tocó su copa. Se hallaba completamente absorto en su conversación con Louise, una joven de dieciocho años, hija de Mike. Estaba vuelto hacia ella, sonriendo y por lo que pude deducir, le estaba contando la historia de un chef de un restaurante parisino. Mientras hablaba, se iba inclinando más hacia ella, hasta parecer que, en su entusiasmo, se le iba a echar encima. La pobre chica se alejaba de él todo lo que podía, asintiendo educadamente, bastante desesperada, y mirándole no a la cara sino al botón superior de su esmoquin.

Mike lo vio todo. Yo me daba cuenta de que estaba allí sentado, muy quieto, conteniéndose y mirando a su invitado. Su cara, redonda y jovial, pareció aflojarse y ceder, pero se contuvo y no se movió ni dijo nada.

Pronto entró la criada con el segundo plato. Era un asado de cordero imponente. Lo colocó en la mesa delante de Mike, que se levantó y lo trinchó. Cuando todos estuvieron servidos, dejó el cuchillo y se inclinó apoyando las manos en el borde de la mesa.

—Bueno —dijo dirigiéndose a todos, pero sin dejar de mirar a Richard Pratt—, ahora el Ribera del Duero. Si me perdonáis, tengo que ir a buscarlo.

—¿Ir a buscarlo, Mike? —dije yo—. ¿Dónde está?

—En mi estudio, descorchado, respirando.

—¿Por qué en el estudio?

—Para que adquiera la temperatura ambiente, por supuesto. Lleva allí veinticuatro horas. Es el mejor sitio de la casa. Richard me ayudó a elegirlo la última vez que estuvo aquí.

Al oír su nombre Richard miro a su alrededor.

—¿A que sí? —dijo Mike.

—Sí —respondió Pratt asintiendo gravemente—. Es verdad.

—Y ahora si me perdonáis, voy a por él, —dijo Mike.

La idea de otro vino con que apostar le había devuelto el buen humor y cruzó rápidamente la puerta para regresar al cabo de un minuto algo más pausado, andando ceremoniosamente y portando una cesta de vino. La etiqueta, boca abajo, era ilegible.

—Bueno —exclamó, acercándose a la mesa—. ¿Y éste qué, Richard? ¡Nunca lo acertarás!

Richard Pratt se giró lentamente y miró a Mike. Luego sus ojos descendieron hasta la botella de Ribera del Duero escondida en la pequeña cesta de mimbre, levantó las cejas, arqueándolas con ligero desdén, y desplegó el húmedo labio inferior, imperioso y feo de repente.

—No lo acertarás —dijo Mike—. Ni en cien años.

—¿Un Ribera del Duero? —preguntó Richard, como afirmándolo.

—Naturalmente.

—Entonces supongo que será de algún viñedo pequeño.

—Puede que sí, Richard, y puede que no.

—Pero ¿es de un buen año? ¿Una de las grandes cosechas?

—Sí, eso te lo aseguro.

—Entonces no puede ser difícil —dijo Richard Pratt, arrastrando las palabras, con aire terriblemente aburrido.

Pero a mí me pareció que había algo raro en su forma de hablar y en su aburrimiento: una sombra maléfica en su ceño, y en su actitud una determinación que me produjo cierto desasosiego al mirarle.

—Éste sí que es difícil —dijo Mike—. Esta vez no voy a obligarte a apostar.

—No será tan difícil acertarlo.

—¿Entonces quieres apostar?

—Estoy listo —dijo Pratt.

—Muy bien, apostaremos lo de siempre. Una caja de ese vino.

—¿Quieres aumentar la apuesta?

—No, Richard. Una caja es mucho.

—¿Te apuestas cincuenta cajas?

—Sería tonto.

Mike se quedó quieto detrás de la silla que presidia la mesa, sosteniendo la botella en su ridícula cesta. Tenía una sombra blanca alrededor de la nariz y los labios apretados.

Pratt estaba recostado en el respaldo de su silla, mirándole, con las cejas arqueadas, los ojos entrecerrados y una sonrisa asomándole en los labios. Y entonces, creí ver, una sombra de determinación en su frente y en sus ojos, que escondían en sus pupilas un destello malévolo.

—Entonces, ¿no quieres aumentar la apuesta?

—Por mí no hay problema, amigo mío —dijo Mike—. Apostaré lo que quieras.

Las tres mujeres y yo estábamos sentados en silencio, mirando a los dos hombres. La mujer de Mike empezaba a molestarse; había torcido la boca con gesto amargo y me pareció que iba a interrumpirles en cualquier momento. El cordero asado seguía en nuestros platos, humeando lentamente.

—Entonces, ¿nos apostaremos lo que yo quiera? —preguntó Pratt.

—Eso es lo que he dicho.

Se hizo una pausa mientra Pratt miraba uno por uno a los presentes, primero a mí y luego a las tres mujeres. Parecía querer recordarnos que éramos testigos de aquel trato.

—¡Mike! —dijo la Sra. Schofield—. Mike, ¿por qué no nos dejamos de tonterías y comemos la carne? Se está enfriando.

—Muy bien —dijo Pratt dirigiéndose a Mike—. Te diré lo que quiero apostar. Quiero que nos apostemos la mano de tu hija.

Louise Schofield dio un respingo.

—¡Eh! —exclamó—. ¡Basta, no tiene gracia!

—No pasa nada, cariño —dijo su madre—. Sólo están bromeando.

—No bromeo —dijo Richard Pratt.

—¡Esto es ridículo! —exclamó Mike, perdiendo otra vez la calma.

—Dijiste que apostarías lo que yo quisiera. De todas formas, si quieres echarte atrás, por mí no hay problema.
Mike Schofield era agente de bolsa. Para ser exactos, no era más que un corredor de apuestas empalagoso, infinitamente respetable y secretamente corrupto, y sabía que sus amigos también lo sabían.

Teniendo en cuenta sus antecedentes, Mike no se iba a doblegar con facilidad.

—No se trata de echarse atrás. De todos modos, es una apuesta absurda, porque no podrás igualar la apuesta.

—Te ofrezco lo que quieras —anunció Pratt—. Mi casa, por ejemplo. ¿Qué te parece mi casa?

—¿Cuál de ellas?

—La de campo.

—¿Por qué no la otra, también?

—Está bien, si eso es lo que quieres. Mis dos casas.

Entonces vi que Mike se lo estaba pensando. Dio un paso adelante y colocó cuidadosamente la cesta de vino sobre la mesa.
Su hija también le había visto dudar.

—Vamos, papá —exclamó—. ¡No seas absurdo! Esto es una estupidez absoluta. Me niego a que juguéis así conmigo.

—Completamente de acuerdo, cariño —dijo su madre—. Mike, déjalo ahora mismo y siéntate a cenar.

Mike echó un vistazo a su hija y esbozó lentamente una sonrisa paternal y protectora.

—Escucha, Louise— dijo, sonriendo mientras hablaba—. Deberíamos pensarlo un momento.

—¡Venga, basta ya, papá! ¡No voy ni a escucharte! ¡Dios, es lo más ridículo que he oído en mi vida!

—¡Louise, por favor! Así está la cosa: Richard aquí presente, nos ha hecho una apuesta seria. Y si pierde, va a tener que entregar una buena cantidad de propiedades.

—Ahora, escúchame, porque yo sé de lo que hablo. Un experto, al probar un Ribera del Duero, siempre que no sea uno de los más famosos, sólo puede identificar la bodega de una forma aproximada. Ribera del Duero tiene muchas bodegas pequeñas. Es imposible que alguien pueda diferenciar los vinos de cada bodega sólo por el gusto y el olor. No me importa decirte que éste que tengo aquí es un vino de una pequeña bodega, y nunca podrá acertarlo. Es imposible.

—No puedes estar seguro— dijo su hija.

—Te digo que sí. Aunque esté mal que yo lo diga, entiendo un poco de vinos, ya lo sabes. Y de todas formas, por Dios, cariño, soy tu padre. No creerás que te implicaría en algo… contra tu voluntad, ¿verdad? Te estoy haciendo ganar dinero.

—¡Mike! —dijo bruscamente su mujer—. ¡Basta ya, por favor!

De nuevo pareció ignorarla.

—Si aceptas la apuesta —le dijo a su hija—, en diez minutos serás dueña de dos mansiones. Piénsalo, cariño, ¡serás rica e independiente para el resto de tu vida!

—¡Esto es ridículo! —dijo la mujer de Mike—. Debería darte vergüenza sólo sugerir una cosa así, Michael. ¡Y con tu propia hija!

Mike ni siquiera la miró.

—¡Acepta el trato!—dijo ansioso mirando fijamente a la joven—. ¡Acéptalo rápido! Te garantizo que no perderás.

Mike la estaba presionando, inclinado hacia ella, clavándole sus dos ojos duros y brillantes, y a su hija no le era fácil resistirse.
Ella dudó por última vez. Luego, se encogió de hombros impotente y dijo:

—Está bien, acepto. Si me juras que no hay riesgo de perder.

—¡Bravo! —exclamó Mike—. Entonces, ¡trato hecho!

Inmediatamente, Mike cogió el vino, se sirvió un poco en su copa y a continuación recorrió excitadamente la mesa llenando las de los demás. Ahora todos miraban a Richard Pratt, observando su rostro mientras cogía su copa con la mano derecha y se la llevaba a la nariz. El tipo tenía unos cincuenta años y un rostro desagradable. De alguna forma, todo era boca —boca y labios—, los labios de un gourmet profesional, con el inferior colgando en el centro, un labio flácido y permanentemente abierto de catador, conformado para recibir el borde de una copa o un bocado. Como un embudo, pensé, observándolo: su boca es como un embudo grande y húmedo.

Lentamente se llevó la copa a la nariz, introdujo la punta de esta en la copa y la hizo planear sobre la superficie del vino. Agitó el vino suavemente en la copa para percibir el buqué. Su concentración era intensa. Había cerrado los ojos, y la parte superior de su cuerpo, la cabeza, el cuello y el pecho, parecía haberse vuelto en una especie de enorme máquina olfativa que recibía, filtraba y analizaba el mensaje que le llegaba de su nariz.

Me fijé en Mike, repantingado en su silla, aparentemente despreocupado pero observando cada movimiento. La Sra. Schofield, su mujer, estaba sentada muy recta en el otro extremo de la mesa, mirando al frente, con rostro tenso y reprobatorio. Su hija, Louise, como su padre, observaba atentamente los movimientos del gourmet.

El proceso olfativo se prolongó al menos un minuto. Luego, sin abrir los ojos ni mover la cabeza, Pratt se llevó la copa a la boca y vertió en ella la mitad de su contenido. Hizo una pausa, con la boca llena de vino, para recibir la primera impresión; a continuación dejó que un poco se deslizara por su garganta y vi su nuez de Adán moviéndose al tragar. Pero retuvo casi todo el vino en la boca y entonces, esta vez sin tragar, aspiró por los labios un poco de aire que, mezclándose con los aromas del vino, pasó luego a los pulmones. Contuvo la respiración, echó el aire por la nariz y, por último, se pasó el vino bajo la lengua y lo masticó como si fuera pan.

—Hum… —dijo, posando la copa y relamiéndose los labios con la lengua—. Hum…, sí. Un vino muy interesante, suave y refinado.

Tenía un exceso de saliva en la boca y, mientras hablaba, lanzó alguna que otra gota sobre la mesa.

—Ahora podemos empezar a descartar —dijo—. Me perdonéis que vaya con cuidado, porque hay mucho en juego.

Miró a Mike y le sonrió con sus labios húmedos y pastosos. Mike no le devolvió la sonrisa.

—Bueno, lo primero: ¿de qué variedad de uva procede este vino? No es demasiado difícil de adivinar. Es potente, carnoso, vigoroso, denso. Desde luego, es un Tempranillo, no cabe duda.

»Y ahora, ¿de qué provincia de Ribera del Duero procede? Esto, por eliminación, tampoco es difícil de saber. Por el tipo de mineralidad que desprende diría que es un vino de la provincia de Burgos. Los viñedos podrían proceder de terruños calizos muy pedregosos. Este es un vino muy gentil, me atrevería a decir que proviene de viñedos cultivados de forma orgánica. Algo pícaro, quizá, en la segunda impresión, y también un poco travieso, incitando la lengua con un deje, de tanino. Luego, en el postgusto, delicioso, reconfortante, con buena intensidad aromática, con potentes aromas de grosellas negras, tostados, nuez moscada y clavo. Indudablemente, éste es un Ribera del Duero ecológico de la provincia de Burgos.

Me sorprendí a mí mismo esperando tensamente a que continuara.

—Ahora, veamos… ¿dónde estábamos? —dijo—. ¡Ah, sí! Este vino es de Ribera del Duero, de la provincia de Burgos, variedad de uva tempranillo y de cultivo orgánico. Hasta aquí, bien. Pero llega la parte difícil: el nombre de la bodega. Porque en Ribera del Duero hay muchas bodegas y, como nuestro anfitrión ha señalado antes muy acertadamente, a menudo no hay mucha diferencia entre el vino de uno y de otro. Pero vamos a ver.

De nuevo hizo una pausa, cerrando los ojos.

—Estoy tratando determinar la cosecha —dijo—. Si lo consigo, tendré medio camino recorrido. Y ahora, veamos. Evidentemente, observando el color, este vino es de una de las mejores cosechas del siglo XXI. Es un gran vino de alta calidad. Sabemos que es de un buen año —nuestro anfitrión lo ha dicho—. Aquí debo andarme con mucho cuidado.

Cogió la copa y dio otro sorbo.

—Sí —dijo, secándose los labios—, tenía razón. Es de la cosecha de un año muy bueno, bueno de verdad. Diría que es de la cosecha 2001. ¡Bien! ¡Esto está mejor! ¡Nos vamos acercando!

Hizo otra pausa, cogió la copa y mantuvo el borde contra su labio inferior, ese labio suyo, flácido y colgante. Entonces vi su lengua, rosada y estrecha, salir disparada, sumergir la punta en el vino y retirarse de nuevo rápidamente… una visión repulsiva. Cuando dejó la copa, mantuvo los ojos cerrados y el rostro concentrado, moviendo únicamente los labios, frotándolos como dos trozos de húmeda y esponjosa goma.

—¡Aquí está otra vez! —exclamó—. Tanino en el paso medio y pellizco astringente en la lengua. ¡Sí, sí, está claro! El vino procede de uno de esos pequeños viñedos cerca de Aranda de Duero. Ahora me acuerdo. ¿Podría ser una de las bodegas de Ribera del Duero ubicada en los aledaños del río Riaza, y cuyos viñedos se encuentran a una altitud considerable? Sí, podría ser. Espera un momento.

Dio otro sorbo al vino, y por el rabillo del ojo vi a Mike Schofield inclinarse cada vez más sobre la mesa, con la boca entreabierta y los ojos fijos en Richard Pratt.

Dudó, y nos quedamos esperando, observando su rostro. Todos le mirábamos. Oí a la criada dejar la bandeja de verduras en el aparador situado a mi espalda, suavemente, para no perturbar el silencio.

—¡Ah! —exclamó Pratt—. ¡Ya lo tengo! ¡Sí, creo que lo tengo!

Dio un último sorbo al vino. Luego, manteniendo la copa cerca de su boca, se volvió hacia Mike y con una sonrisa lenta y sedosa, le dijo:

—¿Sabes cuál es? Este es un vino de la pequeña Bodega Kirios de Adrada.

Mike se quedó clavado en la silla.

—Y el año, 2001.

Todos miramos a Mike, esperando que girase la botella en el cesto y nos enseñara la etiqueta.

—¿Puedes repetir el nombre?

—Bodega Kirios de Adrada. Una pequeña bodega… la conozco muy bien. No sé cómo no lo reconocí al instante.

—Venga, papá —dijo la chica—. Dale la vuelta a la botella y vamos a verlo. Quiero mis dos casas.

—Un minuto —dijo Mike—. Espera un minuto.

Estaba sentado muy quieto, con aire perplejo, mientras su cara se iba hinchando y palideciendo, como si las fuerzas le fueran abandonando poco a poco.

—¡Michael!—exclamó su mujer desde el otro extremo de la mesa—. ¿Qué ocurre?

—No te metas en esto, Margaret, por favor.

Richard Pratt miraba sonriente y triunfante, a Mike, con sus ojos pequeños y brillantes. Mike no miraba a nadie.

—¡Papá! —gritó su hija, desesperada—. ¡No me digas que lo ha adivinado!

—¿A qué esperas? —dijo Pratt, fríamente—. Vamos, dale la vuelta a la botella. Quiero ver la etiqueta.

Se sabía vencedor: tenía el aire y la tranquila arrogancia del vencedor, y comprendí que se pondría muy desagradable si había algún problema.

Entonces ocurrió lo siguiente: la criada, la diminuta y tiesa figura de la criada con su uniforme blanco y negro, estaba junto a Richard Pratt con algo en la mano.

—Creo que son suyas, señor —dijo.

Pratt miró a un lado, vio las gafas de pasta que ella le tendía, y vaciló por un instante.

—¿Mías? Puede ser… no lo sé.

—Sí, señor, son suyas—. La criada era una mujer mayor, una fiel sirvienta que llevaba muchos años con la familia. Dejó las gafas sobre la mesa, al lado de Pratt.

Sin darle las gracias, Pratt las cogió y se las metió disimuladamente en el bolsillo superior de su chaqueta, detrás del blanco pañuelo.

Pero la criada no se retiró. Permaneció a un lado, detrás de Richard Pratt. Había algo tan extraño en sus maneras y en la forma de plantarse allí, pequeña, inmóvil y tiesa, que empecé a observarla con súbita aprensión. Su viejo rostro gris tenía una mirada helada y resuelta, los labios apretados y las manos juntas en el regazo. La extraña cofia en su cabeza y la blanca pechera del uniforme la hacían parecerse a un pajarito.

—Se las dejó en el estudio del Sr. Schofield —dijo, con afectada y deliberada cortesía—. Justo al lado de la cesta con la botella de vino de Ribera del Duero, cuando entró allí usted solo, antes de cenar.

Transcurrieron unos instantes hasta que sus palabras cobraron todo el sentido, y en el silencio que siguió a aquello me fijé en que Mike se iba incorporando lentamente en la silla, con el color volviéndole a l rostro, los ojos muy abiertos, la boca torcida, y una peligrosa mancha blanca que empezaba a extenderse bajo su nariz.

— ¡Michael! —dijo su mujer—. ¡Michael, cariño, cálmate!¡Cálmate!

 

Si quieres organizar una cata en tu casa, con tus amigos -no tan accidentada como
ésta- , te ofrecemos una guía paso a paso. Esperamos que te guste!

 

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